
El sabor del pan empieza mucho antes del horno: nace en la harina. Cada tipo de harina proviene de un grano distinto o de una variedad de trigo con características propias, y eso se traduce directamente en matices de sabor, aroma y textura en el pan final.
Las harinas más refinadas suelen dar panes suaves, de sabor delicado y neutro, perfectos para quienes buscan un pan ligero. En cambio, las harinas integrales conservan el salvado y el germen del grano, aportando notas más intensas, ligeramente tostadas o a frutos secos, además de una personalidad más rústica.
También influye el contenido de proteínas y minerales. Harinas con más proteína no solo cambian la estructura de la miga, sino que intensifican el sabor durante la fermentación, ya que las levaduras y bacterias tienen más “alimento” para desarrollar aromas complejos.
Por último, no es lo mismo una harina de trigo que una de centeno, espelta o maíz. Cada cereal tiene su propio carácter: el centeno es profundo y ligeramente ácido, la espelta es suave y aromática, y el maíz aporta un dulzor especial. Por eso, elegir la harina adecuada es como elegir el alma del pan.
